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9 de Marzo del 2026
Mayerly Silva: la mujer que convirtió el desplazamiento en un sueño de café que trasciende fronteras

Este es un homenaje a las 35 mujeres cabeza de familia que, desde Oporapa, Huila, le han demostrado al mundo el poder de la resiliencia femenina. Aprendieron el proceso del café desde la siembra hasta la cosecha y recolección, para luego transformarlo en un producto que llega a la mesa de cientos de personas. Han evolucionado hasta el punto de participar en ferias internacionales, y están en la construcción de su propia marca.

Mayerly Silva Quintero nació en Baraya, Huila, un municipio de tierras fértiles y tradición cafetera. Hija de Marleny Quintero Ortiz y Gentil Silva Pajoy, creció en una familia de caficultores, aprendiendo desde niña el oficio que marcaría su destino. Su padre, un hombre de campo de pies a cabeza, trabajó como mayordomo en varias fincas, entre ellas una que guarda una curiosidad anecdótica: la del papá de la presentadora Claudia Bahamón, en el municipio de Gigante.

Allí, entre cafetales y jornadas extensas, el señor Gentil enseñó a sus hijos el valor del trabajo: cómo recoger el grano maduro, cómo descerezarlo, cómo entender los ciclos de la tierra que da frutos.

Sin embargo, la violencia, esa sombra que ha perseguido a tantas familias colombianas, tocó a su puerta. La familia Silva Quintero fue desplazada de la vereda La Troja, en Baraya. Como miles de colombianos, dejaron atrás su tierra, sus recuerdos, su vida.

“Cuando los destierran de un municipio donde creemos tenerlo todo para nosotros y salimos a la intemperie, cuando a una persona del campo la sacan de esa forma como nos sacaron a nosotros de Baraya, nos encontramos en una ciudad que para nosotros era totalmente diferente y nos toca subsistir en diferentes campos”, recordó Mayerly con la voz entrecortada.

Llegaron a Neiva, donde pasaron buena parte de su infancia y adolescencia. Fueron años duros, de adaptación, de rehacerlo todo desde cero. “Desde cuando estábamos en la galería y en la plaza cívica, cargábamos canastos, organizábamos de esa forma con mi mamá vendiendo frutas, cargando canastos y buscando sustento para mis hermanos; caemos en cuenta de que la vida es totalmente diferente que en el campo”.

Fue en ese trasegar que Mayerly conoció a Ildardo Calderón Losada, con quien se casó y formó un hogar. Hace 12 años, la vida la llevó a Oporapa, un municipio enclavado en las montañas del Huila, sin imaginar que allí encontraría no solo un lugar para vivir, sino un propósito para luchar.

Mujeres que se atreven a soñar

Al llegar a Oporapa, Mayerly Silva encontró una realidad desafiante: las mujeres eran reservadas, dedicadas al hogar y a la recolección de café, pero sin participación en las decisiones económicas ni en la transformación del grano. Eran manos que recogían, pero no voces que decidieran.

Ante esta necesidad, hace ocho años nació la Asociación de Mujeres Emprendedoras de Oporapa. Lo que comenzó como una inquietud compartida entre vecinas —todas cabezas de familia con historias de esfuerzo— se convirtió en un proyecto productivo alrededor del café.

Hoy son 35 mujeres unidas por un propósito común. La asociación refleja la diversidad del campo: desde madres adolescentes de 18 años hasta mujeres de 70 que dedicaron su vida al café, incluyendo niñas en situación de discapacidad. Cada asociada posee aproximadamente dos hectáreas y han aprendido que la unión hace la fuerza.

“Trabajamos en juntanza, en asociatividad”. La maquinaria es para todas y el trabajo se distribuye según talentos: unas recolectan, otras procesan, otras se especializan en fermentación. En este mundo cambiante del café, cada mujer aporta de manera fundamental al sueño colectivo que hoy trasciende fronteras.

El valor agregado

El gran salto de la asociación llegó cuando comprendieron que el verdadero valor no estaba en vender el grano, sino en transformarlo. “No solamente dedicarnos a la recolección de café, sino a la transformación del producto”.

El camino no ha sido fácil, pero han contado apoyos institucionales clave: convocatorias como “Mujer Rural” les dotaron de maquinaria, tostadora y molino, mientras el Fondo Emprender suplió otros equipos. Esto les ha permitido crecer y empoderar a las mujeres, llevando el café “de grano a taza”.

Marca propia

Actualmente, la asociación da un paso fundamental en su formalización: el desarrollo de su propia marca. “Nuestra marca se llama Anaranjado”, dice Mayerly con entusiasmo. El nombre evoca los tonos del atardecer en las montañas del Huila, la calidez del grano tostado y la energía de las mujeres que hay detrás de cada taza.

 

Anaranjado representa no solo un café de alta calidad, sino una filosofía de vida: la esperanza que nace después de la adversidad, el color que surge cuando las mujeres se unen para transformar su realidad.

El café de las mujeres de Oporapa no es un café cualquiera. Trabajan con variedades de alta calidad que han posicionado al Huila como el nuevo eje cafetero de Colombia. “Tenemos variedades como la geisha, el bourbon rosado, el tabi y la caturra”, indica Mayerly con conocimiento experto. Además, han incorporado prácticas sostenibles: producen café natural para proteger las fuentes hídricas y elaboran su propio blend.

Abriendo mercados

El trabajo silencioso comenzó a dar frutos en escenarios locales y regionales. “Hemos hecho incidencia en el municipio, dándonos a conocer ante entidades como el Sena, la Unidad Solidaria, Asocooph y la ADR”, Esa visibilidad les abrió puertas insospechadas: participaron en ferias nacionales y recorrieron varios departamentos.

En el 2024 estuvieron en la COP-16 de Biodiversidad que se realizó en Cali del 21 de octubre al 1 de noviembre.

El año pasado, el sueño se hizo realidad. Gracias a una convocatoria de la Embajada de Colombia, viajaron a la feria hotelera de Shenzhen, en China. “La Unidad Solidaria cubrió nuestros gastos para llegar a ese territorio de gran importancia”.

Pero la aventura internacional no termina ahí. Este 29 de marzo tienen una nueva cita en la feria Hotelex de Shanghái. Los contactos siguen creciendo: un empresario colombiano radicado en China visitó Oporapa para realizar una mesa de catación, y en próximos días llegará un inversionista de Hong Kong interesado en su café. Recientemente, en Cartagena, se reunieron con un empresario rumano interesado en comprar su café.

“Lo que ha querido el Gobierno es quitar intermediarios, que el campesino llegue a escenarios internacionales y nosotras, como mujeres, mostremos nuestro enfoque diferencial y el trabajo que hacemos en nuestro territorio”.  El mundo tiene sus ojos puestos en Oporapa.

La resiliencia

Cuando se le pregunta a Mayerly en qué momento descubrió que tenía el don de ser líder, su respuesta es un testimonio de vida: “Yo creo que desde cuando nos desterraron de un municipio donde creíamos tenerlo todo y salimos a la intemperie”.

Esa niña que cargaba canastos en la galería de Neiva, vendiendo frutas para ayudar a sus hermanos, nunca imaginó que décadas después representaría a Colombia en una feria internacional en China. “Imagínate la dimensión, la emoción que causa”, dice con los ojos brillantes.

El liderazgo, que ejerce desde hace ocho años al frente de la asociación, tiene un propósito claro: empoderar a cada asociada y demostrarles que sí se vale soñar. “Pasamos de cargar canastos en Neiva a llegar a China”.

A diferencia de tantas historias de desplazamiento que terminan en nuevos desarraigos, Oporapa se convirtió para Mayerly y su familia en un verdadero hogar. Han encontrado no solo la tranquilidad que les fue arrebatada en Baraya, sino un propósito colectivo que trasciende lo individual, con el respaldo fundamental de la comunidad que hoy compra su café.

Para Mayerly, el camino de la mujer en la caficultura ha sido una lucha constante. “Siempre hablábamos de la mujer, pero era como en casa y allá”. Hoy los escenarios son diferentes. “Podemos nosotras empoderarnos y demostrar con hechos que el café también nos ha dado ese empoderamiento”.

“Para nadie es un secreto que el Huila es el nuevo eje cafetero; el mejor café de Colombia está en el Huila y hemos podido aventajar y llevar en alto esa bandera y la voz de cada mujer. Para nosotras nos llena de orgullo poder ser el rostro de cada una de ellas en cualquier feria, en cualquier escenario”.

Un legado que trasciende generaciones

Mayerly no solo piensa en el presente, sino en el futuro. Tiene dos hijas: una de 21 años, que ya le ha dado nietos, y una niña de 12 años. Ambas han heredado su pasión por el café. “Mi hija, la mayor, se está capacitando también en el tema”, comenta con orgullo. La próxima generación ya está en camino, asegurando que el legado de estas 35 mujeres pioneras continúe. El café, que alguna vez fue símbolo de desplazamiento y desarraigo para su familia, se ha convertido en el hilo que une pasado, presente y futuro.

De mujer a mujer

En el Día Internacional de la Mujer, Mayerly envió un mensaje claro para todas aquellas que aún dudan de su capacidad de transformar su realidad: “Las invito a que se vale soñar. Que esa niña desplazada, que cargaba canastos en la galería, pudo evolucionar y sacar su asociación adelante. Si caminamos en juntanza, en liderazgo, en asociatividad, podemos llegar a diferentes escenarios. Que crean en ellas mismas, que crean que pueden brillar. Que reconozcan de qué están hechas y el potencial que Dios ha puesto en cada una”.

Detrás de cada taza de café de la Asociación de Mujeres Emprendedoras de Oporapa, hay una historia de desarraigo, de hijos criados solos, de madrugadas en el campo y de sueños postergados. Pero también hay un presente de autonomía económica, de reconocimiento y de esperanza.

Son 35 mujeres que un día decidieron que ya no serían solo las que recogen el grano, sino las que deciden sobre él. Hay una líder que, desde el ejemplo de su propia vida, les demostró que sí se puede. Hay un municipio entero, Oporapa, que las ha acogido y respaldado. Hay un departamento, el Huila, que se enorgullece de ser el nuevo eje cafetero de Colombia. Y hay un mundo que está descubriendo, con asombro y admiración, el café que producen estas mujeres.

Mayerly Silva Quintero es el rostro visible de esta revolución silenciosa. Pero detrás de ella están las otras 34, y las hijas que vienen, y las nietas que ya juegan entre los cafetales. Porque su café no solo alimenta el cuerpo: alimenta el alma de un país que necesita más ejemplos como el suyo.

Créditos: La Nación-La noticia independiente

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