Enviado por alejandro el
28 de Septiembre del 2026
Sazón, Memoria y Resistencia: la historia de María Palacios

A las dos de la tarde, el patio dejó de ser un lugar para jugar.
María Palacios tenía 12 o 13 años y estaba con otros niños en la casa de su tía, en el barrio Policarpa de Apartadó. Habían salido de la escuela y jugaban alrededor de una gran alberca. De pronto comenzaron los disparos. Los cartuchos caían sobre el techo y los niños corrieron a esconderse debajo de las camas y de los mesones.
Pasaron cerca de dos horas antes de que regresara el silencio.
Después comenzaron a bajar los camiones. María recuerda que iban llenos de personas muertas. En el pueblo se hablaba de un enfrentamiento entre grupos armados. En aquella época, en medio del conflicto entre guerrillas y paramilitares, los niños aprendían temprano cuándo había que encerrarse y cuándo era mejor no salir.
Su infancia había comenzado muy lejos de allí, en el Cantón de San Pablo, Chocó, donde nació en 1980. A los cinco años se fue con sus padres hacia Urabá, a la zona bananera. Sus primeros recuerdos están ligados al río, a los juegos, a acompañar a sus padres y a caminar desde las fincas hasta la escuela.
Después llegó la guerra.
En las tardes y las noches podían escucharse las balaceras. También estaban los toques de queda y las noticias de amigos o compañeros de escuela que habían sido reclutados. María comenzó a pensar que no quería que ninguno de los grupos armados decidiera por ella.
Quería estudiar. Quería convertirse en otra persona.
Tenía 13 años cuando decidió irse.
No fue una salida planeada. María cuenta que se escapó de su casa y se fue primero donde una tía. Después, con la ayuda de una prima, encontró la posibilidad de trabajar cuidando niños. El pasaje costaba, según recuerda, unos 70.000 pesos. Para conseguirlos empeñó unos aretes de oro que le había regalado su madrina.
Llegó sola al terminal.
Su prima no estaba allí. María esperó durante unas tres horas mientras sentía el frío de una ciudad que todavía no conocía. Aquel primer encuentro con Bogotá fue: haber llegado a la “nevera”.
Pero el frío no fue lo único que tuvo que aprender a soportar.
También tuvo que acostumbrarse a otros sabores. En el Chocó y en Urabá estaba acostumbrada al pescado fresco, al plátano y a la comida preparada con ingredientes que podían conseguirse cerca de casa. En Bogotá se encontró con el “pollo blanco” y con una forma distinta de comer.
Sin saberlo, la comida terminaría acompañando buena parte de su vida.
Su primer trabajo fue como interna cuidando niños en Castilla. Tenía 13 años. Allí permaneció unos cuatro o cinco meses, hasta que decidió irse después de presenciar cómo el esposo de su empleadora maltrataba a la mujer.
Después pasó por otro trabajo doméstico, cerca de Unicentro. Pero tampoco era lo que quería.
A los 15 años llegó a un restaurante en Ciudad Jardín Norte.
Comenzó lavando platos y pelando papas y plátanos. Dos meses después ya era auxiliar de cocina. Le gustó. Mientras trabajaba, empezó también a terminar sus estudios y a validar el bachillerato.
La cocina, que había aparecido desde niña en sus recuerdos, comenzó a convertirse en un oficio.
A los 17 años quedó embarazada de su primer hijo. Después tendría otros dos. Sus relaciones de pareja terminaron, y María asumió la crianza de sus tres hijos. Con el tiempo, esa vida que había estado concentrada entre el trabajo y la casa comenzó a abrirse hacia otros espacios.
El cambio llegó casi por casualidad.
Trabajaba en una pescadería de la carrera cuarta cuando una compañera empezó a invitarla a reuniones y actividades sociales. María comenzó a conocer procesos con mujeres, personas desplazadas y víctimas, universidades y organizaciones. Lo que inicialmente parecía una invitación más terminó llevándola a dedicarse a lo social.
Unos 15 años después, María todavía recuerda aquel proceso como una etapa de aprendizaje, pero también como un momento en el que llegó a sentirse utilizada y decidió tomar distancia.
Entonces apareció nuevamente Virgelina Chará fundadora de AsoMujeryTrabajo.
Ya habían tenido algunos encuentros en el Centro de Memoria. Un día se encontraron en la Plaza de Bolívar. Virgelina le preguntó qué estaba haciendo y la invitó a los procesos sociales nuevamente.
María volvió.
Comenzó a participar en actividades de memoria y costura. 
Desde entonces, AsoMujeryTrabajo se convirtió en uno de los espacios desde los que ha desarrollado su trabajo social. La organización, que nació hace más de 30 años en Cali agrupando a vendedoras y posteriormente llegó a Bogotá, trabaja alrededor de la defensa de los derechos, la memoria y la reconstrucción del tejido social.
María habla de estudiantes, profesores, mujeres víctimas, personas con discapacidad, mujeres que ejercen la prostitución y otros grupos con los que la organización ha trabajado.
La memoria, dice, es una de las tareas centrales: que lo ocurrido no se pierda.
Pero María también aprendió que el trabajo social no siempre garantiza un ingreso. Por eso decidió mantener un plan B.
Y ese plan fue la cocina.
Durante la pandemia, unas amigas le propusieron vender virtualmente la comida que preparaba. Comenzaron con pedidos para los fines de semana y con sus hijos ayudándole con las entregas. Así nació Turbante Azabache.
La iniciativa coincidió con otro momento de su vida laboral. María comenzó a trabajar como contratista en la Secretaría de Seguridad, Convivencia y Justicia, donde fue gestora de convivencia durante la pandemia y el paro nacional. Después trabajó en la Secretaría de Gobierno.
Mientras tanto, el emprendimiento gastronómico siguió creciendo.
Llegó entonces el primer punto físico de Turbante Azabache, en una plazoleta de comidas de San Victorino. Allí permaneció durante cinco años.
Después de la muerte de Virgelina Chará, María decidió cerrar ese ciclo. Había aprendido que necesitaba cuidar sus propios límites y su tranquilidad. Después de un tiempo de buscar un nuevo camino, encontró un local en la calle 13 con carrera 38.
La cocina volvió a ser, otra vez, un lugar desde donde continuar.
Hoy María habla de asociatividad y mutualismo como habla de cocinar. Para ella, trabajar juntos significa buscar un bien común y entender que hay procesos que solo pueden construirse con otras personas.
Su propia historia parece darle sentido a esa idea.
Una niña que tuvo que abandonar su territorio para no ser reclutada terminó construyendo su camino en una ciudad desconocida. Pasó por el trabajo doméstico, los restaurantes, la maternidad, la organización social, la memoria, la política y el emprendimiento.
No dice que haya llegado a donde ha soñado aún, pero ha vivido al máximo.
Reconoce que, en lo tangible, ha perdido mucho. Pero cuando mira lo que ha construido, siente que ha ganado en satisfacción y en experiencias que alguna vez creyó imposibles.
Quizás por eso su historia no termina en la “nevera” donde llegó con 13 años.
Continúa en una cocina, en una organización, en la memoria de un territorio y en la posibilidad de hacer cosas junto a otros.
María Palacios todavía está cocinando su propia historia.

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