En el barrio Paraíso, de la localidad Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá, está la tienda de Alicia Ojeda. Una mujer que, con su familia, fabrica botas y zapatos desde hace 14 años.Ella a diario prepara el desayuno en la casa y luego se sienta a guarnecer. La máquina de coser que usa hace años parece desgastada, también el horno artesanal y la silla donde pegan las suelas del calzado. Todo eso contrasta con Alicia, que va siempre sonriendo, inquieta porque sus visitantes estén bien, con un optimismo que prevalece a pesar de las dificultades.

Hacer calzado en familia no es una tradición que haya pasado de generación en generación en los Ojeda, es un oficio aprendido, inicialmente por Brayan, su hijo, y que hoy se constituye en un legado que le ha permitido afrontar tantas batallas, incluso desde sus primeros días en Leiva, Nariño, su pueblo.
En Leiva, a más de 700 kilómetros del Paraíso, donde las montañas también adornan el paisaje, Alicia tenía una tienda de víveres y trabajaba el campo. Debido a la guerra por el control y tráfico de coca los desplazaron, el venderle sin distinción a personas que llegaban a su tienda hizo que la acusaran de colaboradora. La hermana de Alicia, que vivía en la localidad de Bosa en Bogotá, la recibió.
Esa lucha por la vida continuó a pesar de llegar a una ciudad tan caótica como la capital, en medio del apuro por levantarse, Alicia consiguió trabajo como lavandera de sábanas de un motel, una labor pesada por la que apenas le pagaban 24.000 pesos al día.
Mientras tanto, su esposo hacía otros trabajos para complementar el sustento. La brillantez de Brayan, el hijo mayor, llegó con esa fuerza heredada de Alicia, proponiendo una idea que cambiaría la vida de su familia.
Después de acompañar a su tío, Brayan aprendió el oficio del calzado: solar, guarnecer, cortar; y propuso a su mamá dejar el pesado y malpagado trabajo de las sábanas para volverse fabricantes de calzado.
El ímpetu del joven convenció a los demás para volcarse unidos a ese trabajo, así empezaron a hacer los primeros pares de lo que se convertiría en “Boticalzado”, como se llama hoy su pequeña empresa. Brayan tenía 15 años cuando comenzó a idear y construir el negocio con el que los Ojeda vivirían de ahora en adelante. Ese mismo año los médicos le diagnosticaron leucemia.
Alicia sigue atrapando los recuerdos tristes, que no son pocos, como la avalancha: que se llevó su casa. Reflexiva, con los ojos como buscando en un baúl empolvado esas experiencias que pocos pueden afrontar y que derrotarían a muchos, y que hoy son recuerdos fugaces, porque es una mujer valiente, y prefiere destacar los momentos felices, esos que la hacen sonreír.
Uno de estos fue el día, tiempo después de llegar a Bogotá, cuando la Unidad de Víctimas la reconoció como desplazada por la violencia del narcotráfico en Nariño y le entregó 900.000 pesos como ayuda. Con la convicción de Brayan guiando el quehacer laboral de la familia, compró hormas y la máquina de coser que usa hasta hoy y que ya pide cambio a gritos. Así, y después de haber mejorado la técnica, comenzaron a vender los primeros pares de zapatos.

El negocio comenzó con una docena. Brayan recorría las calles de Bosa buscando los clientes de Boticalzado, había que dejar las botas en consignación, entonces solo hasta que las tiendas donde él las dejaba pudieran venderlas, recibían el dinero.
La dificultad de no poder hacer todo el proceso del calzado por su cuenta hacía que gastaran dinero que no se equilibraba con el de las ventas y muchos clientes al ver la juventud de Brayan, le ‘embolataban’ el pago.

El camino para consolidar la fabricación y comercio de calzado como sustento de la familia tardó algunos años más, Alicia y su familia se mudaron al Paraíso, uno de los barrios autoconstruidos en la localidad 19 de Bogotá. Brayan murió a los 21 años a causa de la leucemia.
Pero antes, él se convirtió en padre y consiguió otra oportunidad de comercio que también se volvió legado, como el hacer calzado. Un puesto en el barrio 20 de Julio donde todos los domingos la familia Ojeda lleva sus creaciones y aseguran un ingreso económico.
La muerte de su hijo fue un golpe del que Alicia pensó que no se iba a recuperar. Abrazada del retrato de Brayan, a punto de la voz quebrada, cuenta que él amaba tanto ese arte y creía tan profundamente que ese oficio sacaría a la familia adelante, que se dijo ‘no, tenemos que seguir’.
Pasaron 4 meses para que ella volviera al trabajo, esos meses luctuosos fueron la única interrupción del trabajo de Alicia. Hoy, en su nieto ve la esperanza viva y la voluntad de Brayan que a pesar de su muerte sigue inspirando a su familia.
Desde el año 2024 Alicia comenzó el proceso de capacitación en economía solidaria, donde conoció otras personas que también fabrican ropa, calzado o artesanías en la localidad. El local comercial que tiene en el Paraíso, y el trabajo de sus colegas de la Mesa de Economía Solidaria de Ciudad Bolívar parece escondido, como oculto detrás de las casas sobre la montaña que uno atraviesa antes de llegar.
Por eso piensa que juntarse y ayudar a otros con el convencimiento de que se puede salir adelante hay que compartirlo, por eso también ayuda a otras familias fabricantes de calzado y chaquetas a vender las prendas.

Con la intervención de la Unidad Solidaria, familias como las de Alicia no solo recibieron formación, también un apoyo en materia prima para la elaboración de productos como los de Boticalzado. Aunque el proceso cada año toma tiempo para comenzar y agrupar a más emprendedoras, ella está convencida de la potencia que tiene su localidad y su comunidad.
A unas cuadras de la tienda de Alicia, está el mirador, ahí se agolpan las nubes y el paisaje bogotano se puede ver entre un marco de montañas peladas. Al lado de la última estación del cable aéreo de Ciudad Bolívar está un pasaje abalconado lleno de grafitis elogiando el barrio, la comunidad y el Paraíso.
Ahí Alicia quiere continuar el impulso de la Mesa de Economía Solidaria haciendo ferias para que las personas conozcan y compren lo que crean ella y otras personas del proceso asociativo de Ciudad Bolívar en Bogotá.
Cuando cae la tarde en el Paraíso, y el frío empieza a bajar desde las montañas, Alicia sigue sentada frente a su máquina de coser. Cada puntada sostiene algo más que cuero y suelas: guarda la memoria de Brayan, el sueño que él imaginó cuando apenas tenía 15 años y la certeza de que la vida, incluso después de los golpes más duros, encuentra la forma de seguir andando.
En su pequeña tienda, entre botas recién terminadas y el sonido constante de una aguja, Alicia continúa trabajando. Porque mientras haya manos dispuestas a coser y caminos por recorrer, el legado de su hijo seguirá vivo, paso a paso, en cada par de zapatos que sale de Boticalzado.

