Hay carreteras que sirven únicamente para unir dos lugares. Otras, en cambio, permiten entender un país.
El viaje hacia el sur de Colombia comienza mucho antes de que aparezcan los primeros cafetales. Desde Bogotá, la montaña cambia lentamente de color. El gris del altiplano desaparece entre curvas hasta que el verde empieza a ocuparlo todo. En el Huila las laderas parecen peinadas por las hileras de café; en Caquetá, el paisaje se vuelve más húmedo, más profundo, como si la Amazonía empezara a respirar entre los árboles.
Al lado del camino aparecen fincas cafeteras; al otro, pequeños cultivos, árboles frutales, casas campesinas levantadas con el trabajo de varias generaciones. En ese paisaje, donde el café hace parte de la identidad de miles de familias, el destino no es únicamente una tienda recién equipada. El verdadero destino son las historias que condujeron hasta ella.
A través de San José del Fragua, en Caquetá, e Isnos, Pitalito y Oporapa, en el Huila, se realizó la entrega de tiendas solidarias dotadas por la Unidad Solidaria. Bastó escuchar a quienes esperaban esas entregas para comprender que la noticia no estaba en los equipos, ni en los muebles. Estaba en la gente.
Cada inauguración de una tienda representa años de reuniones, de proyectos rechazados, de caminos recorridos y de personas que decidieron creer que trabajar juntas podía ser más poderoso que hacerlo por separado.
Donde la solidaridad aprendió a sembrarse
En San José del Fragua el calor obliga a caminar despacio. Allí, la Asociación Mujeres Defensoras de la Vida, las Semillas Criollas y Amazónicas (Asomovida), ha construido mucho más que una organización campesina. Jennifer Alejandra Rodríguez habla con serenidad, pero cada respuesta deja entrever un proceso largo, lleno de dificultades.
No habla primero de café ni de ventas. Habla de unión. “El camino para lograr una tienda solidaria, fue el trabajar en conjunto, el entendernos como asociaciones, como productores, como trabajadores, como campesinos para estar unidos para en sí, lograr un solo cometido: El que conozcan nuestros productos, nuestras historias, nuestro trabajo”.
También, explica que el mayor desafío no fue producir, sino convencer a muchas mujeres de que podían pensar en un futuro distinto, que asociarse significaba dejar de competir entre ellas para empezar a construir juntas. Cuenta que ese aprendizaje no ocurrió de un día para otro y que todavía sigue ocurriendo.
“Nuestro trabajo con la Unidad Solidaria ha sido inmensamente grande porque hemos sido fuertes cada día. Hemos aprendido a ser mujeres guerreras, mujeres echadas para adelante, para el sostén de nuestra familia e inclusive de nuestra sociedad”.
Esa palabra, familia, es la que mejor resume lo que ocurre allí. Cuando se le pregunta qué es lo que ha mantenido unida a la asociación, Jennifer no habla del dinero, los proyectos o los convenios. Habla de familia, de sentirse respaldadas unas por otras. De convertirse en ejemplo para quienes todavía creen que el campo solo puede sobrevivir desde el esfuerzo individual.
La tienda solidaria es, desde ahora, el lugar donde venderán sus productos. Pero también un recordatorio permanente de que ninguna de ellas llegó hasta allí sola.
El camino continúa hacia el Huila
Los cafetales empiezan a cubrir las montañas como si alguien hubiera dibujado cuidadosamente cada pendiente. En Isnos, José Danilo Murcia observa la nueva tienda de café con la tranquilidad de quien sabe que un proyecto importante apenas comienza. Habla de café, sí, pero sobre todo habla de organización.
José Danilo explica que durante años las asociaciones se propusieron construir metas comunes, encontrar mercados, fortalecer procesos y dejar de vender únicamente materia prima para empezar a ofrecer productos con valor agregado. Para él, la tienda representa la posibilidad de que ese trabajo tenga un rostro visible frente al consumidor.
“Esto nos ha hecho apropiar y tener sentido de pertenencia de lo que tenemos, nos ha impulsado a mejorar nuestra región, a mejorar la calidad de nuestros productos, a mejorar la calidad de vida de cada familia. Entonces es un sentimiento que embarga a todos, porque digamos que esto ya es un tema cultural que queremos sacar adelante y poderlos seguir proyectando hacia el futuro para nuestros hijos, para las nuevas generaciones, todos los que vienen, pues ya poderles dejar algo muy muy construido, muy importante”.
Mientras habla resulta evidente que el proyecto nunca fue abrir un local, s fue conectar decenas de organizaciones productoras. En convertir a pequeños caficultores dispersos en una red capaz de negociar, aprender y crecer de manera colectiva, esa idea aparece una y otra vez durante el recorrido.
No importa si la entrevista ocurre en Isnos, Pitalito u Oporapa, todos terminan utilizando las mismas palabras: juntarse, articularse y hacer equipo.
Y es que el café colombiano siempre ha sido reconocido por su calidad, lo que durante mucho tiempo faltó fue que quienes lo producen encontraran caminos para recorrerlos juntos.
La mujer que llegó a China con un sueño campesino
Si hubiera que escoger una historia capaz de resumir este recorrido, probablemente sea la de Mayerly Silva, de Oporapa.
Habla seguridad, ha repetido muchas veces su historia, pero aún se emociona al recordarla. Hace algunos años caminaba de oficina en oficina con proyectos debajo del brazo, pero las puertas permanecían cerradas, le pedían citas, contactos, recomendaciones.
Después de horas de viaje regresaba a su municipio sin haber conseguido siquiera que alguien recibiera los documentos que llevaba preparados. Hoy la escena es distinta, su asociación reúne a treinta y cinco mujeres que han participado en ferias nacionales e internacionales.
Todavía recuerda el miedo que sintió la primera vez que subió a un avión rumbo a China, lo dice sonriendo. Ella, que años atrás fue desplazada por la violencia, terminó representando a las mujeres cafeteras colombianas al otro lado del mundo.
No presenta ese logro como un triunfo individual, insiste en que nada habría ocurrido sin la organización colectiva, sin la cooperativa, sin las alianzas, sin la decisión de distintas asociaciones de producir juntas el volumen necesario para exportar.
Quizá por eso la nueva tienda solidaria no será solamente un espacio para vender café, también funcionará como centro de formación.
Allí esperan capacitar niños baristas, jóvenes tostadores, productores y nuevas generaciones que algún día continuarán el trabajo iniciado por ellas. La tienda, en realidad, será una escuela.
Cuando el Estado llega al territorio
Durante mucho tiempo, las organizaciones campesinas aprendieron a trabajar prácticamente solas. Esa percepción aparece repetida en varias voces alrededor del sur colombiano, muchos recuerdan que antes resultaba difícil encontrar instituciones que acompañaran sus procesos o escucharan sus necesidades.
Por eso Diego Rodríguez, gestor territorial de la Unidad Solidaria, insiste en que el trabajo desarrollado desde 2023 comenzó con algo aparentemente sencillo: reconocer quiénes ya estaban organizados, después vino la articulación, las mesas territoriales, los ciclos de formación, las ruedas de negocio, las alianzas con otras entidades, el fortalecimiento de activos productivos. Y, sobre todo, la construcción de confianza entre organizaciones que durante años trabajaron aisladas.
El resultado, explica, no puede medirse únicamente por el número de proyectos ejecutados, sino n en algo menos visible. Un tejido organizacional que dialoga entre sí, comparte experiencias y entiende la asociatividad como una herramienta de desarrollo colectivo. Esa quizá sea la transformación más importante, mucho más que vender café.
En cada municipio aparece una marca distinta, porque detrás de cada empaque existe una historia diferente, sin embargo, todas convergen en la idea de que el reto ya no consiste únicamente en producir. Consiste en transformar y agregar valor, en comercializar directamente, acercarse al consumidor sin depender exclusivamente de intermediarios.
Por eso las tiendas solidarias adquieren un significado especial, no son únicamente vitrinas comerciales, funcionan como espacios donde distintas asociaciones pueden exhibir sus productos, encontrarse con otros productores, recibir formación, intercambiar experiencias y fortalecer circuitos económicos locales. Cada producto representa una familia, cada marca resume años de trabajo colectivo.
Cuando termina el recorrido y la carretera vuelve a conducir hacia el centro del país, las montañas siguen siendo las mismas, los cafetales continúan cubriendo las laderas, los ríos mantienen su curso. Lo que cambia es la manera de mirar el paisaje.
Porque después de escuchar tantas voces resulta imposible ver una finca únicamente como una estructura en el campo. Detrás de cada cultivo aparecen mujeres que decidieron organizarse, jóvenes que encontraron un proyecto de vida en el campo, campesinos que dejaron de vender únicamente café para empezar a comercializar conocimiento, transformación y valor agregado.
Las tiendas solidarias entregadas por la Unidad Solidaria son una inversión concreta para las organizaciones productivas. Pero, más allá, simbolizan la confianza depositada en quienes durante años han sostenido la economía rural desde el trabajo solidario, colectivo.
En Caquetá y Huila quedó claro que una tienda puede abrir sus puertas en unos pocos días, pero, construir la comunidad que la sostiene toma mucho más tiempo.
Ese proceso no cabe en una fotografía de inauguración ni en el corte de una cinta. Está hecho de reuniones, desacuerdos, aprendizajes, madrugadas de cosecha, largas carreteras, mujeres que decidieron creer unas en otras y campesinos que descubrieron que el café viaja más lejos cuando nadie tiene que cargarlo solo.
Y quizá esa sea la verdadera historia de este recorrido: entender que la economía solidaria empieza cuando una comunidad decide caminar unida y encuentra, en el Estado y en la organización colectiva, un aliado para transformar su territorio.

