Martha Blanco vive en la loma, arriba, bien arriba, en la localidad quinta de Bogotá, en Usme, en el barrio Villa Rosita, en la falda de una de las montañas del páramo más grande del mundo.
Usmeña de toda la vida, ahí ha construido resistencia barrial. Desde la danza hasta el periodismo, esta profesora lucha por el reconocimiento de las mujeres que han dejado huella en el mundo y en el país. Por años se ha dedicado a rescatar de la violencia a niños y niñas a través de la enseñanza, la cultura y el periodismo.
‘La profe’ es de voz firme, fuerte semblante y de una seriedad que esconde la sonrisa casi todo el tiempo. Su voluntad por el trabajo comunitario, el cuidado de la naturaleza y de sus semejantes, y el interés por visibilizar la lucha histórica del papel de la mujer en el desarrollo de la humanidad fueron creciendo con el tiempo y se convirtieron en la forma de combatir lo que ella sufrió y que no quiere que otras mujeres vivan.
‘Una historia de mujeres y niñas’
Martha es la creadora del medio de comunicación comunitario Olympia, así llamado en honor a la escritora, política y filósofa francesa, Olympe de Gouges, que escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana en 1791.
El impreso es para ella otro hijo, el que no se ha ido, su gran amor, por eso muestra orgullosa algunos ejemplares, que ella misma escribe y diseña austeramente y explica que muchas veces la carne puede faltar en casa, pero el periódico debe salir a las calles cada dos meses. Sin embargo, dice que este año completar el millón y medio de pesos que cuesta imprimirlo ha sido imposible, pero enseña el archivo listo en su computador, que demora una eternidad en dar imagen y pide a gritos un cambio, la imagen de Alexandra Kollontai precursora de los derechos de la mujer trabajadora.

Además de este ‘hijo de papel’, Martha es, con el mismo amor, mentora de las niñas y adolescentes que hoy dirigen el medio de comunicación digital Las impuntuales. La vocación de maestra ha hecho que ella impulse la vida digna de muchas niñas con dos iniciativas: La danza y el periodismo.
En Villa Rosita la vida parece ir más despacio, ahí el silencio y el frío que baja por la montaña adorna el paisaje. Pero esa quietud es solo aparente. Debajo de la bruma paramuna de Cruz Verde, al arrullo de la quebrada Yomasa, hay una revolución. Es la revolución de quienes se han negado a ser invisibles.
Llevar 16 años haciendo comunicación alternativa y popular en la periferia bogotana no es un pasatiempo; es un acto de supervivencia. Martha fue la primera mujer en crear un medio comunitario impreso enfocado en la diversidad, el medio ambiente, los derechos y, especialmente, en las niñas. ¿Su referente? las niñas afganas, las iraníes y figuras como Malala Yousafzai, baleada simplemente por querer ir a la escuela. Para Martha, las niñas siempre están en desventaja, y por eso dice impávidamente ‘este pecho se da la pela por ellas’.
Esta resistencia no provino de la academia, sino de la crudeza de la marginación estructural. Su voz se alza al recordar las cicatrices de un sistema que históricamente ha revictimizado a las mujeres: ‘Nace de ver cómo te tumban los dientes y pasar a poner una denuncia (...) y te preguntan en una comisaría: ¿Y usted por qué lo hizo enfadar para que le hiciera eso?’.
A Martha le tocó trabajar en la construcción estando embarazada y a punto de dar a luz. Le tocó dormir en la calle con sus niños tras haber levantado con sus propias manos una casa de tres pisos de la que fue expulsada. Sin embargo, en lugar de permitir que esa violencia la destruyera o la llenara de odio irracional, la politizó. Encauzó ese dolor profundo para que las jóvenes de su localidad tengan alternativas y no sean condenadas a la sumisión o a ‘matarse lavando pisos’.
‘Privar al mundo de las mejores debe ser delito’, dice con la convicción de estar forjando liderazgos inquebrantables.
Las herederas de la montaña
Ese futuro del que habla Martha ya tiene rostro, autonomía y voz propia. A su lado están Ingrid Prieto, directora de Las Impuntuales y futura docente de Educación Especial de la Universidad Pedagógica, y Daysi Lorena Rodríguez, estudiante de grado once y la fotógrafa del medio. Para ellas, el periodismo y el arte son ventanas que les demostraron que hay un universo de posibilidades más allá de la estigmatización que pesa sobre la juventud de la periferia.
El camino no ha sido fácil en un gremio históricamente dominado por dinámicas machistas. Martha recuerda cómo al principio las invitaban a los espacios de convergencia periodística simplemente para hacer bulto: ‘Me convidaron de relleno porque siempre he trabajado sola (...) porque por el sexismo siempre es como 'allá la histérica, la loca, la que dramatiza’. Pero el trabajo riguroso se impuso. Hoy, están en proceso de constituir una cooperativa de la Red Urbano Rural de Medios de Comunicación, apoyadas por la Unidad Solidaria, y han logrado que incluso los medios más tradicionales adopten un lenguaje de derechos humanos.
Defender el territorio al ritmo usmeño
En Usme, la defensa de la vida se baila, se canta y se escribe. A través de la escuela y semillero de defensoras de derechos humanos Transformando Imaginarios, la pedagogía se aleja de las aulas cerradas y se teje bailando ‘El monte se está quemando’ de Jorge Velosa, o al ritmo de ‘Colombia Tierra Querida’, aprenden que la naturaleza no es simple ‘monte’ o maleza; es patrimonio.
Entienden que los frailejones, los encenillos, el Parque Arqueológico y las represas donde nace el agua son suyos y deben ser protegidos.
Esta educación popular da frutos palpables. Martha narra con orgullo cómo niños y niñas del barrio, a quienes antes les daba vergüenza decir que eran de Usme, hoy se plantan frente al mundo como ambientalistas. ‘Cuando les preguntan de dónde vienen, se les llena el pecho de decir: de Usme, donde nace el agua…’.
En esta localidad, que abraza 14 veredas y más del 80% de extensión rural, la organización comunitaria tiene nombre de mujer. Son ellas, las usmeñas, quienes han sostenido la mesa de borde urbano y quienes le ‘dan palo a los terreros’, enfrentando a los buldóceres que intentan lotear ilegalmente la montaña.
Aquí las lógicas patriarcales de competencia feroz se desdibujan frente a una red de apoyo mutuo. ‘Cuando una mujer se cae, salen todas a ayudarla, a darle sostén (...) somos una red donde cada cualidad aporta a la otra’, explica Ingrid. No compiten; se sostienen.
Entre la neblina helada y el ímpetu de estas jóvenes comunicadoras, Martha Blanco hace un balance de su vida. Con 66 años, infartos a cuestas y dolores en las rodillas, se niega a detenerse. Su mayor temor es llegar ‘arriba’ y que le reclamen por no haber multiplicado sus talentos. Pero la montaña es testigo de que su tarea está hecha. Demuestran, como cita Martha a la histórica lideresa indígena ecuatoriana Dolores Cacuango, que las mujeres de esta tierra son como la paja del páramo: entre más las cortan, más florecen.

