En el barrio El Inglés, al sur de Bogotá, en la localidad de Rafael Uribe Uribe, vive Claudia Preciado. Su rostro hoy es el reflejo de la perseverancia. Ella es una mujer de raíces afro, oriunda de las tierras cálidas del Valle del Cauca. En la actualidad, dedica sus días a ser la mente maestra detrás de Condimento Ancestral, un proyecto productivo y culinario que ofrece alternativas sanas para sazonar. Su catálogo es un arcoíris de sabores que incluye una línea de diecisiete especies, diversos adobos líquidos, pasta de ajo y ají puro. A la par de su emprendimiento, Claudia es el motor que lidera la Fundación Juntanza Emprendedora. Sin embargo, para entender el valor de su presente, de sus frascos de especias y del aroma a vegetales frescos que inunda su hogar, es necesario mirar hacia atrás, hacia una historia de supervivencia pura que comenzó en el instante en que su niñez fue interrumpida por la violencia.
A los ocho años, Claudia se vio en la necesidad de mudarse al departamento de Nariño, para cuidar a su abuela. Fue exactamente en ese contexto geográfico, lejos de su hogar original, donde ocurrió el punto de quiebre de su existencia: fue reclutada por las FARC. A esa corta edad, ingresó a las filas de la guerra cargando aún los sueños propios de una niña que anhelaba vivir una infancia bonita y normal, pero se estrelló de frente con una realidad hostil que la dejó "totalmente perdida, insegura, con mucho miedo". La incertidumbre sobre lo que el destino le deparaba y el pánico constante a perder la vida se convirtieron, de un día para otro, en sentimientos comunes.
La transición a la vida en el monte fue cruda. Durante los primeros meses, cambió su ropa civil por un camuflado que le quedaba grande, le entregaron una gorra y le asignaron un alias. La disciplina impuesta en el campamento era férrea y jerárquica: los horarios lógicos desaparecieron, se levantaba a la una o dos de la mañana, pues había que estar siempre alerta por seguridad.
El frente en que estaba era integrado por más de cuatrocientas personas de todas las edades. Con los conocimientos que le habían logrado transmitir sus ancestras, tuvo que asumir las labores de "ranchera". Cocinar a gran escala, tarea que todos los integrantes se turnaban. El adiestramiento militar no tardó en llegar. Durante su primer año, a modo de preparación, le entregaron un fusil de madera, el cual debía limpiar, cargar y utilizar en ejercicios tácticos como si fuera un arma real. Solo después de aprobar ese curso básico, le fue confiada un arma de fuego de verdad.
Su primer bautizo de fuego dejó una cicatriz imborrable. Fue una experiencia que ella misma describe como "aterradora" y "totalmente frustrante". Aquel día, el mundo se redujo al sonido ensordecedor de las balas cruzando el aire y a la cruda imagen de ver cómo un compañero cercano caía abatido a su lado. A partir de ese fatídico momento, la muerte se volvió una sombra que acechaba en cada emboscada. Aunque salía ilesa de los asaltos, Claudia siempre sintió que era gracias a las oraciones lejanas de su familia y a una presencia espiritual que la resguardaba, a pesar de que en el campamento las creencias religiosas estaban prohibidas.
Claudia comenzó a ver el grupo armado como su modelo de vida. La jerarquía dictaminaba que nadie tenía derecho a llorar ni a sentirse débil. Siendo competitiva, se tomó esta máxima del grupo muy personal para asegurar su supervivencia y tratar de ser la mejor. Fue en esa cotidianidad del monte donde las FARC se transformaron en su familia y donde, en medio del rigor de la guerra, también conoció el amor. La selva concedía pausas esporádicas. En diciembre, si el orden público lo permitía, la tensión se diluía y los combatientes compartían fiestas donde bailaban al ritmo de merengues como "a dormir juntitos".
El desenlace de sus más de siete años en el grupo armado no fue una decisión voluntaria; fue una intervención abrupta del destino. Una noche, mientras cumplía su quinto turno de guardia tras un enfrentamiento con resultados negativos, experimentó un fuerte déjà vu. Su mente se llenó de fragmentos visuales de su familia en Yumbo y en su pecho se instaló un "sinsabor", como si el universo le avisara que su salida estaba cerca. Al día siguiente, un grupo de diez personas salió a comprar cigarrillos y cayó en una letal emboscada.
En medio de la confusión de la balacera, casi todos lograron escapar hacia la maleza, dejándola acorralada en el suelo. Mientras escuchaba las ráfagas pasar sobre ella, su único pensamiento era que no quería morir. Escuchó voces de militares que le ordenaban levantar las manos y entregarse. Las oía como voces en su cabeza, pero ejecutar este acto contradecía algo fundamental como guerrillera: no rendirse jamás. Cuando las voces se hicieron más recurrentes se dio cuenta de que no estaban en su cabeza, sino a su alrededor, el instinto primó y levantó los brazos.
Sus primeros días en la legalidad se asemejaban a los primeros pasos torpes de un niño: sentía mucha angustia, miedo y la sensación de estar en un limbo, "como dentro de una caja sin salida". Fue trasladada a un hogar de paso donde convivió con mujeres que enfrentaban graves problemas de drogadicción, historias que la conectaron y despertaron su interés por sanar y reencontrarse con su familia. En este periodo, la intervención de una defensora del pueblo resultó fundamental, impidió que su identidad fuera expuesta por medios de comunicación y la acompañó en el proceso de su nueva vida. Al ingresar al programa de reincorporación a la vida civil, vivió uno de los capítulos más impactantes: el reencuentro con su padre tras más de siete años de ausencia. Fue un momento de alegría inmensa, pero ensombrecido porque su padre padecía un cáncer que había mantenido en silencio.
Obligada a priorizar su seguridad, Claudia empacó y se trasladó del Valle del Cauca a Bogotá, una ciudad inmensa y desconocida. Tras ser acogida cinco días, y con el apoyo de sus padres, logró arrendar una habitación. Con el acompañamiento de la ARN (Agencia para la Reincorporación y la Normalización), consiguió un trabajo como auxiliar de ebanistería, oficio que intercalaba mientras terminaba su bachillerato y un técnico en el SENA en esa misma área. Aunque comenzó a estudiar administración de empresas, los altos costos de la universidad la obligaron a aplazarlo, pero su espíritu no se detuvo.
Su vocación social germinó mientras ayudaba a niños y a otras personas en misiones pastorales que la recibieron recién ingresada a los programas de reincorporación. Ese trabajo sentó las bases de lo que hoy es su Juntanza Emprendedora. En la actualidad, estudia Trabajo Social y lidera esta organización, que vincula a 273 personas y cuenta con diez voluntarios en su junta directiva. A través de talleres, enseña a otros emprendedores cómo elaborar portafolios comerciales, armar un pitch de ventas y desenvolverse en las ferias.
Condimento Ancestral es un tributo a las enseñanzas de su abuela y de su madre, “esa mujer guerrera valerosa que se ha especializado en el tema de la cocina”, quienes le enseñaron que en los fogones se cocina "con el llorar, con el amor". El camino empresarial es exigente. Por eso, aunque se dedica 100% a su negocio y es cuidadora de su hijo, ha tenido que sortear errores y deudas. Para mantener a flote el proyecto, tuvo que recurrir a los préstamos "gota a gota", una experiencia amarga y que quiere eliminar por la inestabilidad y peligros que causa.
"El pasado es pasado", dice con los ojos brillantes y la sonrisa de una mujer esperanzada y perseverante. "Mi presente es mi presente (...) Siento que a través de lo que hago puedo sanarme a mí misma y ayudar a sanar a otras personas".
Aquella niña que cocinó para la guerra, que cargó un fusil de madera y que amó en las filas de la insurgencia, es la misma que hoy es una líder social, empresaria y ejemplo comunitario. Al final del día, los condimentos de Claudia no solo combinan especias ancestrales, sino la capacidad inquebrantable de una mujer que logró que la vida, a pesar de todo, siempre sepa bien.

