A una hora de la puerta de oro de Colombia, Barranquilla, se ubica Sabanagrande, un municipio del Atlántico en el que conviven las orillas del río Magdalena, la Ciénaga El Convento y el campo caribeño.
La zona pesquera y agrícola es trabajada por un campesinado que había sido ignorado por mucho tiempo por las entidades gubernamentales. Paradójicamente, Sabanagrande es conocido como “el municipio escondido del Atlántico”, así lo cuenta Dalmiro García, oriundo de esta región y miembro de la Corporación para el Desarrollo Integral de Sabanagrande.
En este rincón del Caribe, la vida transcurre entre el aroma del mango maduro y el ritmo pausado de jornadas que empiezan al compás del sol. Sus habitantes, gente de sonrisa grande y manos curtidas por el trabajo de la tierra, llevan en la sangre la herencia de un territorio fértil pero históricamente abandonado.
Fue precisamente esta realidad la que los llevó a entender que su fuerza no estaba en esperar soluciones externas, sino en el poder de lo colectivo. Mucho antes de recibir acompañamiento institucional, habían descubierto que la verdadera riqueza estaba en querer hacer las cosas de manera solidaria, en compartir saberes, en prestarse herramientas y en tejer una red de apoyo que hoy es el cimiento de su progreso. El apoyo externo llegó después, para potenciar lo que ya habían construido desde adentro: la convicción de que unidos pueden lograr lo que se propongan.
Por eso, esta Corporación nació de la acción de algunas familias que vieron la necesidad de unirse para volver a hacer del trabajo campesino algo sostenible y digno, como sucedía años atrás.
Hace dos años, la Unidad Solidaria y la Corporación para el Desarrollo Integral de Sabanagrande comenzaron a articularse, fortaleciendo el proceso formativo. Para Dalmiro, “ha sido muy importante el tema de la formación porque le ha permitido, primero, a los asociados tomar conciencia de lo importante que es estar organizado y articulado con entidades estatales y extranjeras”.
“A través de la economía solidaria hemos obtenido herramientas que los gestores de la Unidad Solidaria nos han ayudado a gestionar con otras entidades”, dice.

Todas estas herramientas conseguidas no son utilizadas solamente por la Corporación, según Dalmiro, el carácter solidario ha permitido que otras organizaciones puedan gozar del apoyo que necesiten, porque eso les “ha enseñado la Unidad Solidaria: el trabajo en equipo, ser solidario es montar proyectos de impacto social colectivo”.
Dalmiro narra que el pensarse esa identidad dotada de valores como la solidaridad, el trabajo colaborativo o la cooperación al momento de comercializar, ha permitido crecer económica y humanísticamente, sobre todo.
“Nos ha permitido fortalecer mucho los lazos de amistad y vivir una convivencia pacífica, hermano, porque el epicentro de nosotros: temor a Dios y la paz, pero una paz integral en donde la gente tenga la oportunidad de producir”, dice Dalmiro, orgulloso.
Uno de los ejemplos más dicientes del proceso de trabajo campesino y solidario de Sabanagrande es el de Zamaira Sandoval y su familia. Un hogar campesino que ha luchado desde la supervivencia al liderazgo y son prueba de que la economía solidaria puede ser motor del cambio en Colombia cuando de una familia se logra involucrar y dar trabajo a toda la cadena de economía popular del municipio.
Zamaira creció trabajando el campo en la finca, “como le digo yo a la gente, yo soy pobre, pero muy rica”, recordando lo valioso de vivir, a pesar de las necesidades, una infancia campesina en contraste con la citadina de otros colombianos.

Aunque ya trabajaba desde muy niña, cuenta que a los 14 años comenzó a ganarse la vida para ayudar a sus papás con los gastos de la familia. “Soy la tercera de cinco mujeres y trabajé en Barranquilla, en casas de familia, cuidando niños, cuidé una señora, y con ella tuve la posibilidad de irme. Estuve en Estados Unidos, estuve en Bogotá, viajé mucho, gocé la vida”, recuerda.
De la experiencia viajando, reconoce que “no desea nada de nadie”, por el contrario, poder salir del país y conocer estilos de vida diversos la motivó a exaltar su origen campesino y a querer dignificarlo. “Si ahorita se presenta el presidente Gustavo Petro y se presenta el barredor que está ahí en la empresa de aseo, yo lo recibo en mi mesa como si fueran las mismas personas sin haber estigmatización, porque eso es lo más importante que tiene el ser humano”, asegura.
Zamaira recuerda que a los 20 años comenzó a entender eso, refiriéndose a la solidaridad, “porque yo estaba con esa señora millonaria, yo de Barranquilla, una familia muy pudiente y allí había lo que usted menos se puede imaginar, alimentación, dinero, prendas, estabilidad en carros, esa gente rica y ellos compartían conmigo. Yo dormía con esa señora en su misma cama y yo era una persona más de su familia”.
“Cuando ella llegaba a la finca donde trabajaba mi papá y mi mamá era la misma situación. Ahí fue cuando empecé a entender que uno debía ser así, limpio, no porque usted me esté mirando, porque el otro me esté mirando, no, yo lo hago porque Dios está mirando. Y ahí fue cuando yo entendí que todos éramos seres humanos iguales”.
La experiencia de la Corporación para el Desarrollo Integral de Sabanagrande, con voces como las de Dalmiro García y Zamaira Sandoval, son un testimonio vivo de la pujanza, verraquera y solidaridad campesina en el caribe:
“Acerquémonos”, nos dice Zamaira, “a la Unidad Solidaria, que sí le van a prestar atención. Yo doy fe de eso” Es una invitación a confiar, a dar el primer paso y a tocar esa puerta que antes parecía cerrada.
“Invitamos a las organizaciones de base que quieran verse bien representados, que quieran capacitarse, que quieran legalizarse, que quieran contribuir en este polo de desarrollo, que se acerquen”, añade Dalmiro.
Su mensaje final es de esperanza para el campo colombiano: “Solo unidos, solo organizados, podremos cosechar un futuro donde el campesino sea reconocido, la tierra sea productiva y la solidaridad sea el riego que nutra cada sueño. El camino está abierto; solo hace falta animarse a recorrerlo juntos."

